Septiembre 2010
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Escapada al botxo

El botxo, como nos enseñaron este fin de semana, es el “hoyo” en el que se encuentra encajonada la ciudad de Bilbao, aquella cuyos habitantes reconocen que sólo tiene dos horas de luz directa del sol, y eso sólo cuando no está nublado, que, dicho sea de paso, siendo el norte, y con esas montañas (preciosas montañas) alrededor, creo que pasa las pocas veces del año.

Un finde breve pero intenso en Bilbo, en el hotel de colorines, frente al puente de Zubizuri y a cinco minutos de las hojalateadas vistas del Guggenheim – que particularmente a mí, me gustó más por su continente que por su contenido, salvo la exposición permanente de Richard Serra “La materia del tiempo”, arte que se disfruta y con el que experimentar sensaciones nuevas. http://www.guggenheim-bilbao.es/secciones/programacion_artistica/nombre_exposicion_claves.php?idioma=es&id_exposicion=64
Que me perdonen mis más modernos profesores de facultad, pero una es figurativa, tosca y lenta para entender un amasijo de matrículas, como una obra de arte. Lo siento, no va conmigo. Y también se salvan las obras maestras de las vanguardias de primeros de XX, supongo que porque las he estudiado y las entiendo mejor que las modernas de ahora que no llevan explicación posible.

Disfrutamos de un soleado día, mira tú por dónde, el sábado que aprovechamos para ir a Portugalete y escalar por nuestra escalera del vértigo para cruzar por la pasarela peatonal del puente de Vizcaya, ese primer transbordador no espacial que une Portu con la carísima Getxo. Vistas panorámicas de lujo, más aún con el solecito encima de nuestras cabezas, que templaba el ambiente e hizo que nos sobraran los abrigos.

Paseamos luego a lo largo de las playas de Getxo, contemplando a los pequeños alumnos de la escuela de vela, con sus mini-barcas volando sobre la bahía, y las magníficas mansiones de primeros del XX, hechas en piedra y con estilo vasco en su estructura, bien como casa de pueblo, bien como casa de ciudad. El menú de degustación, caro, sofisticado, lento y, menos mal, con buena materia prima, nos tuvo almorzando durante dos horas y media. Salimos con el bocado aún a medio tragar, cuando encontramos una feria de quesos artesanales y ¿cómo no probarlos? Quesos no sólo de la tierra (piqué con un tarro de queso curadísimo para untar), sino gallegos, asturianos, catalanes (delicioso queso de cabra con forma de pan negro y “atado” con un lazo de cuerda, precioso regalo no exento de olor a pies), canarios (maldita sea, no les quedaba almogrote y me vendieron un tarro de mojo rojo en su lugar: timada… aunque puede mezclarse con el queso vasco para untar y la mezcla es deliciosamente explosiva).

Continuamos viaje en metro para ver el atardecer en la playa de Plentzia y Gorliz, maravilla natural que no me gustaría ver en verano, para quedarme con el buen sabor de boca de una playa preciosa en invierno, desierta, limpia y exuberante. Después, tomamos algo caliente de media tarde (8 turistas, 8 bebidas diferentes, no podía ser de otra forma; el camarero agradeció infinitamente que se lo llevara apuntado) y volvimos a Bilbao.

Salimos a cenar, a la caza y captura de un restaurante o pizzeria abiertos, ya que en Bilbao, a las 23.30, casi todo está cerrado (para cenar) y eran las 23.15 cuando salimos del hotel, después de haber descansado un rato, cada uno en nuestras respectivas habitaciones. Algunos, directamente, no vinieron a cenar, entre la suculenta comida de mediodía y el cansancio acumulado.

Al día siguiente, plomizo ya, como acostumbra esta tierra, visitamos el Guggenheim y tomamos uinos pintxos en la zona más típica del casco viejo con el Yeti de las Olas, Edu. Gracias por dejarte robar un rato de tu tiempo libre en Bilbo, por esperarnos bajo el frío y delante del Arriaga, mientras tirábamos de las ovejas descarriadas que ya andaban lento a las 12.30 de la mañana.

Después de hartarnos de pintxos, comimos un postre en una cafetería cerca de la catedral y volvimos, maleta en mano, a esa preciosa estación de tren de Bilbao, despidiéndonos de una de las vidrieras civiles más bonitas que he visto nunca.

Gracias, Euskadi, por dejarme verte con sol. Volví, enamorada de nuevo de tus paisajes, tus montañas y prados verdes tan intensos que cortan la respiración. Volveré, estoy segura. Eres una de las regiones más bonitas de mi país, y debes estar orgullosa por ello.

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